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“Tenía que tocar una música que tenía que ver como yo hablaba”, reflexiona Víctor Cacho Bernal para el ciclo de entrevistas a artistas En Escena Verás.
Era la década del 80 y el percusionista posadeño comenzaba a estudiar arquitectura en otra provincia, mientras tocaba jazz en una banda llamada Clave de Sol, con la que llenaba el Montoya.
Sin embargo, “en el Chaco me di cuenta de que yo tenía que tocar una música que tenía que ver con como yo hablaba. Tenía que ver con lo mío. Yo sentía que estaba tocando una cosa que no era propia”, reflexionó.
“No nací afuera para tocar rock, no nací en Estados Unidos para tocar jazz, a pesar de que hasta el día de hoy me gusta el jazz. Hasta el día de hoy me gustan otras músicas. Dije: 'yo tengo que ser consecuente conmigo, con la forma que yo hablo, donde yo vivo, cómo se mueve la gente, cómo está el río'. Mi entorno es este, y yo estoy tocando una música que tiene que ver conmigo”.
En ese tiempo, no había muchos percusionistas que tocaran chamamé, ni mucho menos el gualambao, el género que inventó Ramón Ayala y a quien acompañó durante años como uno de sus músicos aliados, hasta hacerse muy amigo de quien compuso “Posadeña linda”.
“Tuve la fortuna de participar en ese gualambao, encontrarle la vuelta en la percusión, que no existía en esa época hasta que a él le parecía piola. Ahí reconstruimos. Armé un poco esa idea del gualambao que a partir de eso la percusión se va trasladando. Por suerte todo el mundo está tocando gualambao y es fantástico eso”, apuntó Cacho.
El autor de "El Mensú" "era igual abajo o arriba del escenario", resumió el músico. "Tenía mucho humor. Por otro lado tenía un ego tan inmenso también. Pero lo salvaba el humor, porque él siempre decía: 'yo soy un hombre irresistible....Nadie me resiste más de diez minutos' (risas). Y eso resume un montón de cosas". Para Cacho, "Ramón era una persona creo que irrepetible. Y tener la fortuna de ser amigo de él no era poca cosa", admitió.
Por otra parte, Cacho tocó más de veinte años junto al acordeonista Raúl Barboza, una de las más grandes personalidades del chamamé y quien falleció el año pasado. Al autor de "Tren expreso" acompañó en largas giras que lo llevaron a distintos escenarios. Cuando fue invitado al Festival de Mburucuyá, en Corrientes, rechazaron el uso de la percusión en el chamamé por una cuestión de tradicionalismo, según recordó el artista posadeño. Es que le habían pedido que no sumara a Cacho en la nómina de sus músicos: solo acordeón y la guitarra.
"Si yo a los 70 años no puedo tocar la música como yo creo el chamamé, le agradezco. Pero no voy a ir más a tocar ese festival", contestó con personalidad Barboza, según rememoró Cacho. Barboza vivió hasta sus últimos tiempos en Francia, pero todos los años volvía a la Argentina para tocar. Entonces reunía a sus músicos, entre ellos Cacho.
"Me decía Raúl: 'el francés no puede tocar chamamé porque les cuesta la acentuación'. Por ejemplo, yo me llamaría Cachó. Cacho. Es al aire El acordeón toca todo arriba, y ellos tocan todo a tierra", comparó.
"Entonces uno toca como habla. En eso tiene que ver la percusión, o por lo menos como yo lo veo. Me siento feliz tocando lo que toco. Y cuando andaba con Raúl tocando por cualquier lado, uno sabe la felicidad que te da. Porque vos sos auténtico. Vos estás tocando una música que tiene que ver con lo que hablas".
Cacho incursionó en los tambores a los 10 años y aprendió en las giras que emprendió por todo Misiones, donde tocó para los bailes populares, gracias a las enseñanzas de su papá Viri Bernal. Además percusionista, Vir fue un conocido clarinetista que estuvo a las ordenes de uno de los maestros de batería más importantes de Argentina: Alberto Alcalá, pilar fundamental en la formación de jazz y percusión desde la década de 1960.
"Mi viejo estudió con ese tipo y después enseñó acá a mucha gente, en Asunción. A todos. Y yo fui el peor alumno, en realidad. Porque, claro, yo tenía 12 años y tocaba. Pero yo no quería estudiar".
No obstante, con el tiempo, Cacho se transformó en un dedicado estudiante de la percusión - junto a su hijo, el marimbista Mauricio Bernal- y logró darle forma a los ritmos fundamentales de la región, como actualmente se puede vislumbrar en su trío Bernal Roy Peralta o en Ojo de Pez, que volvió a reunirse después de un tiempo.
No obstante, aquel niño que aprendió casi como un juego el arte de la música, nunca sabría que aquellos primeros pasos imitando la música de Los Gatos, conformaría de adulto una agrupación litoraleña con el propio Litto Nebbia y Los Núñez, una experiencia que se tradujo en el álbum Amigos del Litoral. "Me acuerdo que una vez estábamos con Litto Nebbia en el estudio grabando y le conté eso. Y él se mataba de risa".