Cargando...
Las lluvias extraordinarias empujaron al río Paraná a rozar los 121 metros en el Puente de la Amistad y desataron una emergencia simultánea en Paraguay, Brasil y Argentina. Con más de 650 familias damnificadas en Ciudad del Este, una víctima fatal, las represas de Itaipú y Yacyretá abriendo compuertas para aliviar la presión, la región enfrenta una de sus crecidas más críticas de los últimos años.
En la estación hidrométrica del Puente de la Amistad, el agua alcanzó los 120,99 metros sobre el nivel del mar, rozando una cota crítica que se ubica quince metros por encima de su nivel habitual y a casi veintiocho de la histórica bajante de abril de 2020.
Abajo, el río corre convertido en un torrente desbocado de barro colorado y resaca que amenaza con superar los 121,50 metros, desatando una emergencia hídrica simultánea en las costas de Paraguay, Brasil y Argentina. El empuje simultáneo del Paraná y del río Iguazú no solo paralizó cruces fronterizos y obligó a las centrales hidroeléctricas a liberar excedentes, sino que desató una emergencia que ya golpea a cientos de familias ribereñas.
En el barrio San Rafael de Ciudad del Este, el paisaje es desolador. El arroyo Acaraymí, atragantado por la crecida del río mayor que le bloquea la desembocadura en un brutal efecto de remanso, terminó tragándose las calles de tierra y trepó hasta los techos de chapa. Doscientas familias debieron cargar lo poco que tenían al hombro —heladeras viejas, colchones empapados, garrafas— para escapar hacia las lomadas secas, mientras en el barrio Pablo Rojas una mujer de 58 años perdía la vida aplastada por el derrumbe de su precaria vivienda.
Ya son 650 los hogares damnificados en la capital del Alto Paraná, sumando los anegamientos en Remansito, Santa Ana y el asentamiento Belén. En las veredas se sobrevive con ollas populares y galletas municipales, con los cruces en balsa suspendidos por Migraciones y uniformados de la Armada trasladando bultos bajo una llovizna fría e implacable. La precariedad no sabe de planes de contingencia.
En Foz do Iguaçu, más de doscientos milímetros de lluvia en tres jornadas desbordaron Porto Meira y Jardim Bourbon, obligando a evacuar a decenas de vecinos y forzando a suspender los paseos náuticos en un cañón transformado en trampa mortal.
Del lado argentino, en la turística ciudad de Puerto Iguazú, la violencia del agua no da tregua. El río homónimo trepó en pocos días más de once metros y tocó los 32,20 en la escala de Prefectura, perforando largamente la línea de evacuación fijada en 28 metros.
En las Cataratas, el estruendo es ensordecedor: con caudales extraordinarios que superaron los 12.000 metros cúbicos por segundo, las autoridades debieron rebatir las pasarelas metálicas de la Garganta del Diablo para evitar que el torrente las arranque de cuajo, clausurando los paseos y dejando a la ciudad en una tensa vigilia.
A pocos kilómetros, los gigantes de hormigón administran la crisis. La central de Itaipú abrió el canal central de su vertedero para liberar más de once mil metros cúbicos por segundo, un monstruo hidráulico que ruge día y noche para aliviar la presión de un embalse que no tolera dilaciones.
Aguas abajo, la represa de Yacyretá hizo lo propio. Los técnicos hablan de maniobras controladas, pero para los miles de pobladores ribereños que vigilan la orilla con el corazón en la garganta, las explicaciones oficiales son apenas un murmullo frente al avance implacable del fango.
Ni las alertas rojas de las fuerzas de seguridad ni la descomunal correntada que arrastra troncos y barro alcanzan para detener la maquinaria del contrabando. En plena crecida, una lancha con motor fuera de borda corta la inmensidad del Paraná como una aguja negra, cruzando desde la costa de Puerto Iguazú hacia los barrancos del lado paraguayo.
Con la navegación suspendida y las patrulleras de Prefectura atentas a la emergencia ribereña, los contrabandistas se juegan la vida en el canal más profundo, desafiando un río embravecido para no cortar el circuito diario de mercaderías. En la frontera no hay tregua climática: la economía de subsistencia y el tráfico informal no conocen de emergencias ni de miedo cuando lo que manda es el jornal.
En Puerto Iguazú, a pocos metros del atracadero donde habitualmente opera la balsa del tráfico vecinal fronterizo y amarran los catamaranes de paseos turísticos, la postal de la desolación se congela en una esquina. Un padre sostiene en brazos a su pequeña hija bajo una llovizna persistente, ambos de espaldas, clavando la mirada en el final abrupto de lo que solía ser una calle. Frente a ellos, el agua marrón y espesa ya devoró las instalaciones del puerto y subió hasta rozar el techo de chapa roja de una vivienda vecina, dejando postes de alumbrado y cables inclinados al borde del colapso.
El Niño recién comienza su ciclo y la tierra ya está saturada. En este nudo donde confluyen tres países, la única certeza compartida es que la correntada sigue mandando y que el fenómeno climático promete ser largo.
Fotografías: Fernando Oz.