La misionera que evangelizó 25 años en la guerra en Angola: “Me abrió los ojos”
R
RedacciónPeriodista13 de octubre · 19:48
Viernes 13 de octubre, 2023 · 19:48
Compartir
09.10.23-Hermana-Blanca-Silva-39.webp
Más de 8.000 kilómetros separan a la Argentina de Angola y hasta allí fue, en 1986, la hermana misionera Blanca Estela Silva, quien trabajó durante más de 25 años a aquel país africano en pleno contexto de guerra civil, evangelizando comunidades originarias y superando todo tipo de hostilidades, desde cuidarse de enfermedades como el tifus y el cólera hasta atender heridos, negociar con jefes militares y esquivar minas antipersona, cuyo principal objetivo era conseguir la mutilación de los cuerpos.
Blanca Silva nació en el pequeño pueblo de Tres Capones y, aunque su familia permanentemente viraba de localidad para vivir, en cada una de esas picadas se desempeñó como catequista, preparando niños tanto para la comunión como para la confirmación. Todo ello fue la antesala de lo que luego sería una vida entera dedicada a transmitir la palabra de Dios, un sacramento el cual ahora solo puede abandonar con un permiso del papa Francisco, pero está lejos de pretenderlo.
Corría el año 1974 cuando todo empezó a cambiar de manera definitiva para Blanca. Fue luego de oír por radio los programas del padre Lorenzo Bovier, quien a distancia le transmitió la vocación.
“Me interesó tanto lo que decía que le escribí una carta. Él vivía en el seminario de Fátima y me invitó a que venga a conocer. Cuando llegué tuve una sensación tan grande que dije ‘este es mi lugar’. Yo estaba a punto de cumplir 18 años y así fue como empecé”, contó a La Voz de Misiones Blanca, que allí comenzó su formación como integrante de la Congregación Misioneras Siervas del Espíritu Santo.
Allí comenzó un proceso de preparación que se extendió durante una década, adquiriendo conocimientos y compartiendo experiencias con monjas de diferentes latitudes que hacían pie en Misiones, para luego comprometerse a dedicar su vida a la misión y elegir un posible destino.
Blanca siempre tuvo claro que deseaba ir a África y el deseo fue concebido. En 1986 partió rumbo a Angola, un país que ofrecía más hostilidades que bondades, pero nada significaba impedimento alguno para desembarcar allí. Llevar la palabra de Dios era lo único que importaba.
“A nosotros se nos prepara para la misión en cualquier parte del mundo, para vivir con cualquier nacionalidad, para trabajar con cualquier pueblo, para integrarnos con compañeros de cualquier parte del mundo. Todo esto es una condición primordial. También hay que estar bien de salud y hay que saber que te vas a enfrentar a todo tipo de desafíos”, resaltó la hermana.
Y vaya si le tocaron desafíos a la misionera en Angola. La hermana llegó a un país que acababa de superar la guerra para independizarse de Portugal (1961-1975) y daba inicio a una guerra civil (1975-2002) que se terminó transformando en el conflicto bélico más largo de la historia del continente, dejando como saldo las monstruosas cifras de: 800.000 muertos; 100.000 mutilados; y 4.000.000 refugiados.
En la contienda se enfrentaban el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), que quedó en el gobierno tras el proceso de descolonización, y la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA). Los primeros eran de izquierda, los otros de derecha. Los primeros contaron con apoyos de Cuba y Rusia, los otros de Sudáfrica, Estados Unidos e Israel, condicionamientos típicos de la Guerra Fría.
“La guerra de Angola es muy larga. Primero fue contra la colonia, porque fueron los portugueses los que llegaron allí y llevaron la fe, lo que es verdad, pero también llevaron cualquier tipo de conflicto como las potencias de ese tiempo", recreó la hermana.
"Luego vinieron las luchas de poder, entre el MPLA y la guerrilla de la UNITA. Después nos encontrábamos con todo tipo de potencia. Angola es muy rico en petróleo y diamantes, entonces las potencias estaban ahí como buitres, incentivando la guerra, vendiendo armas y llevándose las riquezas”, resumió.
Fotografías, pesebres y prendas de vestir son recuerdos que a Blanca le quedaron de su misión en Angola.
En ese contexto trabajó Blanca, pero a la situación bélica había que sumarle otros aditamentos tales como el paludismo, el tifus y el cólera.
“Una de las primeras cosas que tuvimos que aprender fue a hervir el agua cada día y pasarlo por tres filtros para poder tomarla. Debíamos respetar ese proceso a rajatabla si no queríamos contagiarnos de esas enfermedades”, añadió Blanca.
La religiosa detalló que la sede de la misión estaba ubicada a orillas del mar Atlántico Sur, pero desde allí debían viajar a diario para visitar las más de 200 comunidades originarias del “África profundo”, que estaban incluidas en el plan de evangelización.
Estaban distribuidos por roles, de acuerdo a conocimiento y capacidades. Enfermería, cocina, mecánica y catequistas, entre otras labores.
La especialidad de Blanca se dedicaba a la pastoral y, en la continuidad de la charla con LVM, recordó que “nosotros formábamos a los jóvenes en alfabetización para que aprendieran a leer, pero por ahí venía la guerrilla o el gobierno y en una noche se llevaban a todos. Ahí había que comenzar de cero, con la sala vacía nuevamente. También nos tocó trabajar con heridos”.
Escenas de este tipo se repetían constantemente e incluso hubo oportunidades en las que debieron negociar cara a cara con jefes militares y guerrilleros, intercambiando alimentos, remedios o servicios médicos a cambio del levantamiento de barreras o custodias. Independiente del contexto, admitió que siempre fueron respetadas y que los puntos de misión no eran ni objetivo ni escenarios de enfrentamientos o bombardeos.
Su mayor temor -confesó- eran las minas antipersona, dispositivos explosivos terrestres que, si bien tienen poder letal, estaban destinadas a mutilar cuerpos o incapacitar soldados, ya que las consecuencias de un herido de guerra con más problemáticas que las de un muerto.
Según datos oficiales, Angola es el segundo país más afectado por este tipo de armas, detrás de Camboya, y se calcula que uno cada 470 habitantes está mutilado como consecuencia de sus explosivos. Incluso, se estima que aún quedan 2.000 campos minados.
“Las minas eran colocadas en las calles, en las carreteras, a escondidas. Yo les tenía mucho miedo a eso, era muy peligroso. Si pisabas una de esas volabas por los aires. Cuando mis compañeros iban a una misión, mi mayor miedo era que volvieran muertos o destrozados. Había sacerdotes que llevaban enfermos que murieron. Esas son marcas que quedan de la guerra”, graficó Blanca.
Sobre la misión en particular, destacó que Angola ya contaba con una “evangelización primaria avanzada”, a punto tal de que en determinados lugares encontraron biblias en lengua nativa, libros de liturgia y cantos traducidos a lenguajes tribales, y en ese contexto “una de las luchas principales era mantener la esperanza de paz porque ellos, después de 30 años de guerra, ya no creían más en la paz. Vieron tanta muerte, tanta masacre y tanto engaño que estaban desesperanzados”.
El anillo de voto perpetuo que une a Blanca y a la congregación de Siervas del Espíritu Santo para la eternidad.
"Angola me abrió los ojos"
Para esta hermana misionera, Angola no solo fue tierra de desafíos y temores, sino también de alegrías y aprendizajes.
“La gente de allá es muy abierta, muy servicial, muy comunitaria. A nosotros siempre nos recibieron con cantos, bailes, banquetes de comida. Angola fue mi misión de más tiempo, la más desafiante y la más sufrida, pero también la más bonita, la que me realizó muchísimo y me abrió los ojos a muchas cosas. Nosotros no sabemos lo que tenemos acá (por Misiones), comenzando por el agua y la paz”, reflexionó Blanca.
La satisfacción además fue doble para la hermana, al ser testigo del fin de la guerra civil y del comienzo del proceso de desmovilización y desarme del pueblo angoleño. Durante esos años, por ejemplo, al fin pudo ver niños con guardapolvos yendo a la escuela disfrutando de la libertad.
También sintió que su trabajo estaba culminado al ver la formación adquirida por las hermanas nativas quienes, según ella, hoy continúan el trabajo de evangelización junto a otras misioneras que viajan permanentemente hacia las sedes africanas.
Hoy Blanca reside en el Convento Oasis del Espíritu, en Garupá, donde comenzó todo y está lista para emprender cualquier otra misión.
“Yo comprometí mi vida, en castidad, en pobreza y en obediencia a la misión. Cuando nos dan este anillo nosotros hacemos una promesa que es perpetua. Solo el Papa puede darnos el permiso de abandonar los hábitos, pero hay que escribirle", explicó.
"Nuestra filosofía es que las chicas que vienen son libres para entrar y para salir, nadie está obligado. Me imaginé en ocasiones, pero realmente no me veo viviendo otra vida. Me encanta la misión y creo que todavía tengo cosas para aportar”, planteó.
Las últimas labores fueron en comunidades mbya del Cuña Pirú y Chaco, pero ahora se concentran en los barrios cercanos al convento o en el convento mismo, con los jóvenes como objetivo, transmitiendo valores vinculados a la familia, el estudio y el trabajo. De todas formas, Blanca sabe que en cualquier momento su misión puede estar en otro lado y su valija siempre está lista, más aún en estos días de octubre, período en el cual la Iglesia Católica celebra el mes de las misiones.