Carlos De Angelis*/La batalla invisible
La mayor batalla que el gobierno de Macri está llevando adelante en éstos días es inmaterial e intangible. No se trata del problema de las tarifas, ni sobre cómo domar la irredenta inflación, ni sobre combatir la reverdecida industria del secuestro. Tiene que ver con un obra ciclópea, una verdadera revolución cultural, al decir del Gran Timonel. Es una tarea que tiene como principal objetivo reorganizar el sentido común de los argentinos.
Una construcción fluida. El sentido común no es materia fija. Por el contrario es un conjunto de ideas fluidas y multiformes. Es un verdadero GPS del cerebro de carácter social. El sentido común orienta la acción de cada día de los sujetos, pero también organiza los sistemas de clasificaciones intuitivas que diferencian lo bueno y lo malo, lo que está bien y lo que está mal. El sentido común responde a una multitud de incentivos, muchos de ellos vinculados a experiencias y memorias y otros que responden a las situaciones del presente.
El kirchnerismo organizó en estos años buena parte del sentido común de la vida cotidiana. Desde decir “todos y todas”, hasta aceptar la intervención del Estado en esferas de la sociedad civil y en particular la economía. Aun hoy cuando se pregunta en una encuesta sobre qué se debe hacer frente al alza de precios, la respuesta es “que el gobierno los controle”.
Para garantizar su éxito, el proyecto del Frente Cambiemos debe reorganizar los sistemas con que los sujetos evalúan el contexto, porque en base a esas estructuras cognitivas se evaluarán la políticas actuales del gobierno, y fundamentalmente las que vendrán, pero también debe evitar que Macri descienda en la consideración social con la mirada puesta en las cruciales elecciones de 2017.
Nueva lógica ¿Qué unen a Francisco Maccari, a Enzo, a Nicolás –el de rulos-, a Daniela – que es buena con los números-, a la pareja que espera trillizos, a Walter –que abrió la pizzería-, al Dani, al ferretero, al que pone los avisos clasificados, y en definitiva a Marcos –que leyó el aviso clasificado-? Los une una mano sutil, invisible y transterritorial que es el mercado.
La lógica del mercado es el nuevo organizador del sentido común que propone el gobierno a través de los múltiples mensajes, discursos, y publicidades que genera. Aquí es el mercado –y no el Estado- el generador y distribuidor de bienes, servicios, y facilitador del crecimiento individual, que sumados generará en definitiva la riqueza de la Nación.
La nueva “propuesta” de reintroducir la lógica del mercado en la vida cotidiana se puede encontrar en la mayor parte de los discursos del elenco gubernamental. En algunos por profundo convencimiento, como el ministro de Energía Aranguren, -y de allí el tenor de sus declaraciones-, y en otros por las líneas sugeridas desde las usinas de generación de comunicación política gubernamental.
Esta idea se contrapone claramente al discurso generado durante el kirchnerismo. Allí la inclusión social, la matriz diversificada, y las oportunidades para los argentinos iban a ser generadas principalmente desde el Estado. El Estado era el gran reparador de las injusticias sociales. Se respaldaba en la idea de que el mercado era, a grandes rasgos, un conjunto de rapaces corporaciones depredadoras sin conciencia social.
En este sentido, las declaraciones de González Fraga –más allá de la crudeza de los términos utilizados- dan en el blanco de la nueva concepción enfrentada con la anterior. Desde esta perspectiva el gobierno kirchnerista habría creado una ilusión, permitiendo el consumo de personas que jamás lo hubieran podido realizar bajo el imperio de las reglas del mercado.
Lo que en los países con democracias avanzadas se resuelve con la existencia de un partido de centro izquierda y otro de centro derecha, que debaten los matices de la regulación de los mercados, en la Argentina se transforma en una batalla medieval de contenidos épicos donde ambos ejércitos procuran la destrucción del otro.