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La maquinaria de la guerra sucia electoral no necesita esperar el calendario oficial para aceitar sus engranajes: la parafernalia montada para inflar candidatos y dinamitar adversarios ya está en plena faena. En un escenario donde el barro digital amenaza con sepultar cualquier discusión de fondo, la tarea elemental del cronista y del ciudadano vuelve a ser la misma de siempre: mirar con sigilo, parar la oreja y desarmar el montaje para no confundir la operación teledirigida con la contundencia de la realidad.
Todos los hemos visto desfilar con sus cartelitos de consultores, estrategas de la comunicación digital y expertos en campañas de última generación. En ese lote conviven profesionales serios, con horas de vuelo, rigor metodológico y trabajo de campo; pero también proliferan los Cerimedos de ocasión. Personajes que, sin escalas ni escrúpulos, pasaron de manejar un taxi a erigirse en asesores estrella y artífices de las sombras de las nuevas derechas latinoamericanas, administrando el resentimiento social y el barro algorítmico desde el corazón del poder.
La tecnología para envenenar la conversación pública se volvió un insumo barato para la guita que se maneja en el ámbito político. Hoy a cualquier imbécil con una pizca de astucia y una carpeta con datos amañados le sobra para montar su propio teatro de operaciones. El arsenal disponible es tan diverso como opaco. Abarca granjas de bots de última generación, hackeos tercerizados en servidores remotos para silenciar voces críticas, campañas quirúrgicas de phishing para robar correos y documentos que luego se dosifican en portales a medida, y el uso indiscriminado de inteligencia artificial para montar usinas enteras de desinformación que operan a la vista de todos en un terreno sin ley.
Hace poco más de dos semanas, el diario Primera Edición —en su tradicional ‘Se dice que...’— publicó un párrafo que dejó en estado de alerta a importantes actores del círculo rojo del Cantón que, hasta no hace mucho tiempo atrás, trabajaban por la eternidad del Frente Renovador y que hoy empiezan a mirar de reojo hacia dónde sopla el nuevo viento. “…los libertarios misioneros estarían recibiendo fondos vinculados a oficinas donde se elaboran “carpetas” a diestra y siniestra (literal) ¿El objetivo? “engordar” la caja y preparar el terreno para la campaña 2027. Pero entre los recursos, de tanto en tanto, se filtran algunas “carpetas” sobre dirigentes, empresarios y hasta periodistas locales para “embarrar la cancha” cuando arranque la verdadera pelea electoral”, se lee en el medio que dirige Marlene Wipplinger.
El texto tampoco pasó por alto en ciertas cuevas de la tierra colorada, con terminales directas en el edificio José Hernández, a metros de la Casa Rosada, donde lo único que llamó la atención fue la siguiente combinación de palabras: “entre los recursos”. La fractura política entre Carlos Rovira y Hugo Passalacqua dinamitó el esquema sobre el cual Santiago Caputo y Balcarce 50 venían operando en la provincia.
Con el oficialismo provincial quebrado en dos trincheras, el dispositivo territorial de LLA —supervisado desde los despachos nacionales— ve la oportunidad de acelerar su implantación propia rumbo a 2027. De ahí cobran relevancia las futuras filtraciones y el movimiento de “carpetas” que encendieron las alarmas en el círculo rojo. En el centro de ese escenario, aparece el doctor Carlos Adrián Núñez, en sigilo, trabajando con los nuevos “recursos”; siempre apegado a su plan.
La Voz de Misiones estuvo durante quince días resistiendo un incesante ataque desde la Ciudad de los Leones, Singapur. No se rían, es cierto. En ese período, la web de LVM recibió inusuales picos de más de 75 mil ingresos desde el enclave asiático. Lo notable —o más bien sospechoso— del tema es que estos supuestos "lectores" singapurenses se mostraban artificialmente interesados solo en los artículos de la sección política y en los contenidos vinculados a temas de poder.
En la sala de máquinas del diario desconocen el móvil exacto de la operación, pero no sus esquirlas. Sobre la mesa de los técnicos se barajan tres hipótesis para explicar el sabotaje.
La primera es una faena de scraping masivo: rastreadores automatizados que barren el sitio sin respetar los límites de frecuencia de rastreo para clonar archivos, llevarse notas enteras o engordar algoritmos de inteligencia artificial a costa de simular una avalancha artificial de visitas. La segunda alternativa es el ghost spam sobre Google Analytics: el envío teledirigido de peticiones falsas a través de servidores en Singapur con el único objetivo de adulterar la analítica orgánica de LVM y reventar la tasa de permanencia de lectura, asestando un golpe directo a la pauta comercial privada. La tercera, y acaso la más inquietante, es el escaneo sistemático de vulnerabilidades: un rastreo paciente en busca de grietas en el sistema, fisuras en los paneles de acceso e inyecciones de código que dejen la puerta abierta para voltear el portal en el momento oportuno.
Se imaginarán que tras tres décadas trajinando el oficio periodístico son pocas las cosas que logran moverme el amperímetro. Sin embargo, hace algunos meses, un joven operador político de probada solvencia técnica en los entresijos de la red de redes me dejó perplejo mientras compartíamos unos tragos en un bar de Berna, me mostraba fascinado como operaba desde su iPhone 18 Pro Max media docena de portales de noticias.
Bastaba con tipear tres o cuatro parámetros en un sistema programado a medida para que la maquinaria hiciera el resto: el software redactaba la “noticia”, la ilustraba y la escupía de inmediato a los portales y a las redes sociales, inundando la conversación pública sin el menor rastro de intervención humana. Reconozco que pensé en pegarle una trompada en honor a mi abuelo, un inmigrante que fundó un diario en tierras bonaerenses tras la guerra civil española y después de haber fichado para La Nación, pero preferí seguir escuchándolo porque en este oficio el silencio también es una herramienta de trabajo.
Mientras las cúpulas provinciales se desangran en su propia fractura, los fontaneros de Balcarce 50 afilan las carpetas para el “reparto” del 2027. Podrán abaratar los costos del veneno, alquilar influencers o servidores al otro lado de la frontera para dinamitar la credibilidad ajena y generar ejércitos enteros de bots, o como se llamen, y decenas de falsos portales de noticias, total el periodismo que vale la pena nunca dependió del humor de un algoritmo. Se mide, como siempre, en el coraje elemental de poner el cuerpo donde los demás, a veces, prefieren mirar para otro lado.