Mandar sin saber comandar: Malvinas y un helicóptero listo para Milei
Hay un síntoma inconfundible en la decadencia de los gobiernos: el momento exacto en que la ostentación del poder formal intenta suplir la ausencia dramática de autoridad moral.
Es la brecha insondable que separa a la potestas —el cargo legal, el sello oficial, la potestad conferida por un boletín institucional— de la auctoritas , ese ascendiente natural e indiscutible líder, digamos el que puede mirar a los ojos a su pueblo sin necesidad de un cordón policial ni de francotiradores en los balcones.
Ocurrió el otro día en la turística ciudad de Puerto Iguazú, en la zona denominada 600 Hectáreas —un pulmón verde donde la trata y el narcotráfico conviven entre los hoteles de cinco estrellas—. Allí fue donde Javier Milei hizo una demostración perfecta de lo que la ciencia militar y la filosofía política llaman, sencillamente, mandar sin saber comandar .
Llegó envuelto en el aparato burocrático de la fuerza y lo que debía ser la presencia firme de un jefe de Estado se convirtió en un sainete de fuerzas de seguridad de todos los colores distribuidos en un anillo de siete retenes, camionetas blindadas, sirenas nerviosas y hasta un helicóptero para transportarlo. Todo este despliegue, esta parafernalia digna de una potencia ocupante en territorio hostil, no era para contener a las legiones de Aníbal a las puertas de Roma.
Era para esquivar a un puñado de productores yerbateros arrepentidos de haberlo votado, acompañados por tareferos golpeados por la desregulación y otros pocos militantes sociales y gremios del estado, que esperaban al costado de la ruta con camiones viejos, algunos tractores y pancartas al aire. No importa si se fue por tierra o en helicóptero: se esconde.
A duras penas unas ochocientas personas —la mayoría sin ganas de cortar rutas y empujadas por el clan Peterson, con el exdiputado renovador Julio Peterson a la cabeza, un yerbatero con alma de botón que pedía a gritos a la Gendarmería que sacara de la manifestación a tres mujeres militantes sociales que pretendían cortar la ruta para dejar afuera tanto oportunismo político—. La cuestión de fondo es que, más allá de la escuálida protesta,