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En las últimas reflexiones hablábamos de la ilusión de lo verde, de esa distancia cada vez más evidente entre lo que una empresa turística comunica y lo que realmente sucede detrás de cada una de sus operaciones. Después planteábamos la necesidad de profesionalizar la sostenibilidad, incorporado indicadores, midiendo impactos y transformando las buenas intenciones en decisiones de gestión apropiadas al contexto y a la realidad empresarial.
Sin embargo, existe una cuestión que merece una discusión muy particular, porque probablemente sea uno de los espacios donde el discurso ambiental continúa encontrando mayores oportunidades para confundirse con el marketing verde: la compensación de la huella de carbono.
En los últimos años, muchas empresas, destinos y establecimientos turísticos comenzaron a incorporar acciones de plantación de árboles, recuperación de espacios verdes, conservación de bosques o participación en proyectos socio - ambientales como parte de sus estrategias de sostenibilidad. Estas acciones son iniciativas que pueden tener un enorme valor ecológico y social. El problema aparece cuando esas acciones se presentan directamente como una compensación directa de las emisiones generadas por la actividad turística o de los servicios turísticos directa o indirectamente involucrados.
Porque plantar un árbol no significa, por sí mismo, haber compensado una tonelada de dióxido de carbono equivalente. Y aunque parezca una diferencia técnica, en realidad estamos frente a una cuestión mucho más profunda: la responsabilidad de comunicar con transparencia aquello que efectivamente hacemos.
Cuando una buena acción se convierte en una afirmación incorrecta
Hay algo que conviene aclarar desde el comienzo. Plantar árboles es una acción ambiental positiva. Recuperar un bosque degradado puede contribuir a la biodiversidad, proteger el suelo, ayuda a mejorar la regulación hídrica y favorecer la captura de carbono. Financiar proyectos de conservación también puede ser una herramienta para generar beneficios importantes para un territorio.
Pero ninguna de esas acciones permite afirmar automáticamente que una empresa compensó su huella de carbono. Para hacerlo se necesita demostrar cuánto carbono fue efectivamente capturado o qué cantidad de emisiones fue reducida respecto de un escenario de referencia. También es necesario establecer que el resultado sea adicional, que pueda mantenerse durante un período determinado, que no exista una transferencia de emisiones hacia otro lugar y que el resultado haya sido sometido a procedimientos de monitoreo y verificación.
La diferencia es fundamental.
Una plantación puede tener cien árboles y no disponer todavía de ninguna tonelada de carbono certificada. Su crecimiento dependerá de las especies, las condiciones del suelo, el clima, la supervivencia de los ejemplares, el manejo forestal y la responsabilidad de su cuidado, además de muchas otras variables.
Un árbol recién plantado no captura hoy la cantidad de carbono que podría almacenar dentro de veinte o treinta años. Y tampoco existe garantía de que el árbol llegue a esa edad. Un incendio, una enfermedad de la especie, una tala o un cambio en el uso del suelo pueden revertir parte o la totalidad del carbono almacenado.
Por eso, cuando una empresa comunica que compensó sus emisiones porque plantó determinada cantidad de árboles, está transformando una acción ambiental en una afirmación climática que todavía necesita demostración. No se trata de desacreditar la accione de la forestación. Se trata simplemente de no atribuirle resultados que no han sido medidos.
La compensación necesita unidades, no fotografías
Si hablamos estrictamente de compensación cuantificada de emisiones, debemos ingresar en otro terreno: el de los créditos de carbono.
Un crédito de carbono representa, en términos generales, una tonelada de dióxido de carbono equivalente que ha sido reducida o removida de la atmósfera mediante un proyecto que cumple determinadas condiciones metodológicas y de verificación.
Estos créditos pueden adquirirse y retirarse de un registro para respaldar la financiación de resultados climáticos cuantificados, evitando que una misma unidad sea utilizada más de una vez.
Pero tampoco alcanza con comprar cualquier crédito.
La calidad de un crédito depende de la integridad del proyecto que lo genera, de su metodología, de la adicionalidad, de la cuantificación, de la permanencia cuando corresponda, de la verificación independiente y de la trazabilidad de su utilización.
Es decir, no estamos hablando simplemente de comprar un certificado con una imagen de un bosque. Estamos hablando de adquirir una unidad climática que debe tener un respaldo técnico comprobable.
La distinción es tan importante que la propia Unión Europea comenzó a construir un marco regulatorio específico para estas actividades.
El Reglamento (UE) 2024/3012 estableció un sistema voluntario de certificación para remociones permanentes de carbono, agricultura de carbono y almacenamiento de carbono en productos. Entre sus exigencias incorpora criterios de cuantificación, adicionalidad, almacenamiento, sostenibilidad y verificación independiente.
Incluso reconoce que las actividades vinculadas con la agricultura de carbono, como determinadas prácticas forestales y de restauración de suelos, requieren considerar los riesgos de reversión y establecer mecanismos de monitoreo.
La señal es clara: no alcanza con declarar que una actividad captura carbono. Hay que demostrar cuánto, durante cuánto tiempo y bajo qué condiciones.
Europa está cambiando las reglas de la comunicación verde
Este debate ya no pertenece exclusivamente al ámbito científico o a los especialistas en cambio climático. También ingresó en el terreno de la protección al consumidor y de las prácticas comerciales.
La Directiva europea 2024/825, que comenzó a aplicarse el 27 de septiembre de 2026, establece restricciones a determinadas afirmaciones ambientales engañosas.
Uno de sus aspectos más relevantes es el tratamiento de las declaraciones de neutralidad climática, impacto climático positivo o reducción de emisiones de productos y servicios cuando se fundamentan en la compensación de gases de efecto invernadero fuera de su cadena de valor.
La norma reconoce una diferencia que el marketing verde muchas veces intenta borrar: reducir las emisiones propias de un producto o servicio no es equivalente a financiar reducciones o remociones en otro lugar.
Esto no impide que las empresas comuniquen sus inversiones en proyectos ambientales o créditos de carbono. Lo que exige es que no induzcan a error sobre el impacto real de aquello que comercializan.
La Unión Europea también aporta un dato que ayuda a comprender la magnitud del problema: en sus evaluaciones sobre las declaraciones ambientales, la Comisión Europea identificó que el 53 % de las afirmaciones verdes analizadas eran vagas, engañosas o infundadas y que el 40 % carecía de evidencia suficiente.
La preocupación no es menor. El mercado necesita información confiable para distinguir entre quienes transforman sus operaciones y quienes solamente transforman su comunicación.
Primero reducir, después compensar
Hay otro principio que no deberíamos perder de vista.
La compensación nunca debería convertirse en una autorización para continuar generando emisiones que podrían evitarse.
Una empresa turística que conoce su huella debería comenzar por identificar sus principales fuentes de emisión y establecer un programa de reducción. Mejorar la eficiencia energética, modificar sistemas de climatización, incorporar energías renovables, optimizar la movilidad, revisar los procesos de compra, reducir consumos y trabajar con proveedores de proximidad son algunas de las decisiones posibles.
La reducción debe ocupar el primer lugar.
Luego, cuando existen emisiones residuales que todavía no pueden eliminarse razonablemente, pueden analizarse mecanismos de compensación mediante créditos de carbono de calidad, adquiridos y retirados de manera documentada.
Esta secuencia no es solamente una recomendación metodológica. Es una forma de evitar que la compensación se convierta en una salida comercial para no modificar la operación.
Una empresa no debería sentirse ambientalmente liberada por financiar un proyecto externo mientras mantiene consumos innecesarios o procesos que podría mejorar.
El turismo necesita dejar de confundir contribución con compensación
Quizás el problema más frecuente no sea la ausencia de acciones ambientales, sino la utilización incorrecta de las palabras para describirlas.
Una empresa puede financiar la restauración de un bosque nativo, acompañar un programa de educación ambiental, colaborar con una comunidad o contribuir a la conservación de un área natural. Todas esas acciones pueden ser valiosas y deberían comunicarse.
Pero corresponde llamarlas por su nombre: contribuciones ambientales, sociales o territoriales. No son automáticamente créditos de carbono ni compensaciones de emisiones. Esta diferenciación no les resta valor. Por el contrario, permite reconocer sus verdaderos resultados y construir una estrategia de sostenibilidad mucho más transparente.
La actividad turística necesita abandonar la idea de que cualquier acción positiva puede utilizarse para justificar cualquier afirmación ambiental. Medir la huella es conocer el impacto. Reducirla es modificar la operación. Compensar las emisiones residuales requiere unidades verificables. Contribuir al territorio significa financiar y acompañar transformaciones que pueden tener un valor mucho más amplio que el carbono. Son procesos relacionados, pero no equivalentes.
La credibilidad también forma parte de la sostenibilidad
En turismo trabajamos con algo que no siempre aparece en los balances económicos: la confianza. Un viajero puede elegir un alojamiento porque cree que está apoyando una determinada forma de gestionar el ambiente. Un operador puede incorporar un destino a su oferta porque necesita responder a criterios de sostenibilidad. Una empresa puede buscar proveedores capaces de demostrar un desempeño ambiental consistente.
En todos esos casos, la información que comunicamos tiene consecuencias. Por eso, el futuro de la sostenibilidad turística no dependerá de quién consiga utilizar más veces la palabra verde, sino de quién pueda demostrar con mayor claridad aquello que afirma.
No necesitamos menos árboles, menos proyectos de conservación ni menos iniciativas comunitarias. Necesitamos dejar de utilizarlos como sustitutos de resultados que todavía no hemos demostrado. La sostenibilidad no se construye con fotografías de acciones aisladas. Se construye con decisiones, indicadores, verificaciones y compromisos que puedan sostenerse en el tiempo.
Quizás haya llegado el momento de comprender que el verdadero valor de una estrategia ambiental no está en parecer que hacemos algo por el planeta, sino en poder explicar con honestidad qué hicimos, cuánto logramos y qué falta todavía por resolver.
Porque en un mercado que comienza a exigir evidencia, el verde ya no debería ser una promesa publicitaria. Debería ser una responsabilidad de gestión.
Por Lic. Jorge Posdeley. Especialista en Planificación Turística y Desarrollo de Destinos.